La Puerta
Para todo existe un instante, una hora secreta en la que algo dentro de nosotros deja de resistirse y el alma, descalza, se dispone a cruzar el umbral de sí misma.
He escuchado decir que bebieron la medicina y no sucedió nada. Que atravesaron la noche sin visiones, sin revelaciones, sin que el misterio pronunciara sus nombres.
Y me pregunto…
¿Y si no se trata de sentir? ¿Y si se trata de abrir? ¿De concederle al silencio el espacio que necesita para volverse voz?
Hay puertas que no ceden ante la fuerza, ni ante la voluntad, ni ante el hambre de respuestas.
Puertas que esperan.
Esperan a que soltemos las riendas, a que el pensamiento se arrodille, a que el ego, cansado de custodiarlo todo, se aparte un instante y nos deje pasar.
Porque dar permiso es mucho más que desear ver.
Es aceptar el temblor de lo desconocido, desnudarse de certezas, dejar caer, una a una, las capas que fuimos tejiendo para sobrevivir a nosotros mismos.
Es entrar sin saber qué rostro nos devolverá la oscuridad.
Porque no siempre nos espera la luz.
A veces, al otro lado, nos aguarda la sombra: esa criatura antigua que habita en silencio, la herida que aprendimos a llamar fortaleza, el miedo vestido de orgullo, el dolor que enterramos tan hondo que terminamos olvidando que también era nuestro.
Y quizás la medicina no venga a regalarnos visiones, ni a entregarnos verdades ajenas, sino a retirar, por un instante, el velo que nos separa de aquello que siempre estuvo ahí.
Porque hay viajes que no empiezan cuando los labios tocan la copa, sino cuando el corazón deja de cerrar las puertas.
Y hay silencios que no son ausencia, sino una forma sagrada de espera.
Tal vez no sea la medicina quien decide cuánto podemos ver, sino que todavía haya rincones del alma que no sabemos habitar sin salir corriendo.
Porque abrirse también es un acto de coraje. Y mirar de frente aquello que durante años evitamos puede ser la forma más profunda de regresar.
Regresar al cuerpo. A la verdad. A la memoria. A esa parte de nosotros que nunca dejó de llamarnos desde el otro lado del miedo.
Quizás la verdadera ceremonia no consista en lo extraordinario que vemos, sino en la intimidad de lo que nos atrevemos a sentir.
Y tal vez el misterio no se abra cuando le pedimos que entre, sino cuando dejamos de huir de lo que podría mostrarnos.
Porque, al final, no hay revelación más profunda que encontrarse cara a cara con la propia sombra y descubrir que, incluso allí, en lo más oscuro de nosotros, todavía late la posibilidad del amor.
Y que volver a casa nunca fue llegar a otro lugar.
Era aprender, por fin, a no abandonarnos.
Victoria Inaudi