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Victoria Inaudi
Todos los poemas

Yo me quedo

Me han amado en pedazos, como quien recoge lo que brilla y deja la sombra del otro lado de la puerta. Me han querido por mi risa, pero no por el silencio que la sostiene; por mis alas, pero no por el viento que a veces las quiebra; por mi luz, sin preguntarse cuánta noche tuve que atravesar para encenderla. Han llegado a mí como náufragos buscando orilla, y yo, con toda mi costa abierta, les ofrecí refugio sin preguntarles si sabían quedarse, si traían raíces, si conocían el peso de un ancla. Les mostré mis playas, mis hogueras, mis puertos encendidos en la noche. Les abrí mis aguas transparentes, pero también mis corrientes profundas, los arrecifes ocultos, los lugares donde ni yo misma sé siempre cómo regresar. Y, sin embargo, nadie llegó a habitarme entera. Nadie se quedó a dormir en toda la extensión de mi alma: en sus calles de fiesta y en sus barrios grises, en sus jardines secretos, en sus mares calmos y en esas olas que se levantan cuando algo demasiado hondo vuelve a doler. Quizás me amaron hasta donde supieron. Quizás cada uno me dio lo que sus propias orillas le permitían. No todo abandono es falta de amor, ni todo amor sabe convertirse en hogar. Pero yo también me cansé de ser refugio para quienes nunca aprendieron a habitarse, de ofrecer el océano a quien solo buscaba dónde descansar, de hacerme pequeña para no desbordar la orilla de nadie. Porque no nací para ser un remanso si dentro de mí rugen mareas. No vine a traducir mi profundidad en palabras más sencillas, ni a pedirle perdón a mi intensidad por no saber vivir en la superficie. Tal vez mi amor sea océano y muchos solo hayan aprendido a nadar en aguas tranquilas. O tal vez aún no haya encontrado a quien no confunda profundidad con peligro, libertad con distancia, ni una tormenta con el final del verano. A quien sepa que también el mar descansa, que incluso las aguas más bravas guardan lugares de una ternura infinita, y que amar no consiste en conocer cada rincón del otro, sino en no salir huyendo cuando aparece lo desconocido. Y aquí sigo. No intacta, no invulnerable, no esperando que alguien venga a rescatarme de mí misma. Sigo entera, con mis mareas y mis naufragios, con la dulzura que todavía me habita y la sabiduría de quien ha aprendido que abrir el corazón no significa entregarle a cualquiera las llaves de su casa. Ya no quiero que me amen solo cuando soy fácil de amar. Quiero un amor que no me pida elegir entre mi luz y mi sombra, entre la mujer que ríe y la que necesita silencio, entre mis alas abiertas y mis días de cansancio. Alguien que no pretenda calmar el océano, ni domesticar sus corrientes, ni convertirlo en un lago para sentirse a salvo. Alguien que se siente a mi orilla sin miedo a la inmensidad, que aprenda mis mareas sin creerse dueño de ellas, que sepa quedarse sin hacer de su permanencia una promesa vacía. Y que una noche, mientras la luna deshace su luz sobre el agua, mire el horizonte, después me mire a mí y diga, sin heroísmo, sin miedo, sin necesidad de salvar nada: Aquí. En tu calma y en tu tormenta. En todo lo que eres, incluso en lo que todavía no conozco. Aquí, así, yo me quedo. — Victoria Inaudi

Victoria Inaudi