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Victoria Inaudi
Todos los poemas

A mi amiga

Te recuerdo… de cuando no teníamos cuerpo, de cuando éramos solo vuelo, polvo de estrella, vos te despertaste en mí, como si la eternidad tuviera sus propios mapas y el alma se guiara por caminos que nos vinculan, y en segundos despierta en nosotros la certeza de un “te conozco”. Y en reconocerte te elijo una vez más porque tu presencia abriga más que un fuego encendido y tus silencios saben cobijar. Elijo tus risas contagiosas que seguramente me salvaron también en otra vida, y tu chispa que incendia el tedio y convierte una tarde cualquiera en fiesta. Elijo tu escucha que tiene el poder de descifrar y desarmar mis nudos. Te elijo porque la presencia no se apaga con la distancia, no mide el tiempo ni reclama espacio. Somos de esos vínculos que no necesitan explicarse, porque nacen en una verdad que no caduca, donde me reconozco sin disfraz.

Te elijo porque contigo no necesito ser valiente todo el tiempo, ni tener respuestas, ni encontrarle sentido a cada caída. Puedo simplemente ser. Despojarme de las palabras que me protegen, de las certezas que me sostienen, y descansar en esa forma de amor que no pregunta qué puede ofrecerle el otro, sino cómo puede abrazarlo mejor. Hay algo sagrado en nuestra amistad, algo que no pertenece del todo a esta vida. Como si antes de aprender nuestros nombres ya supiéramos reconocernos, nuestras almas, en algún lugar anterior al tiempo, pactaron encontrarse para recordarnos juntas el camino de regreso. Y aquí estamos, con nuestras historias a cuestas, con las cicatrices que nos hicieron más hondas, con las preguntas que todavía nos habitan y esa maravillosa capacidad de seguir riendo a carcajadas en medio del misterio de estar vivas. Qué suerte la mía que entre tantas almas, tantos rostros, tantos encuentros fugaces, la vida me haya devuelto a ti. Porque hay personas que pasan por nuestra historia y hay otras que se convierten en hogar. Tú eres de esas. De las que saben quedarse sin encadenar, acompañar sin invadir, amar sin poseer. De las que nos recuerdan que no estamos solas en este viaje, que incluso cuando el mundo se vuelve extraño existe una mirada en la que podemos descansar. Y si alguna vez volvemos a ser vuelo, polvo de estrella, o canto, si el universo nos deshace y nos dispersa en su inmensidad, quiero creer que algo de nosotras seguirá reconociéndose. Una vibración. Una risa. Una luz que se enciende sin motivo. Y volveremos a encontrarnos. Quizás en otra tierra, en otro cuerpo, bajo otro cielo. Y otra vez, en un instante, sin saber cómo ni por qué, sentiremos esa antigua certeza: Ah, eras tú. Y el alma, que nunca olvida aquello que ama de verdad, volverá a pronunciar tu nombre como quien regresa a casa.

Victoria Inaudi