A las tres, contra el tiempo.
Caminamos juntas cuando los zapatos aún nos quedaban grandes y la vida nos quedaba inmensa.
Éramos apenas unas niñas, con el corazón lleno de preguntas y el mundo todavía por estrenar. Compartíamos pasillos, secretos, risas que apagaban las luces de la noche y esa extraña valentía de crecer cuando todavía no sabíamos en quiénes nos convertiríamos.
En aquellos años de internado, cuando la infancia comenzaba a despedirse y la adolescencia abría sus puertas inciertas, nos fuimos haciendo hogar. Un hogar sin paredes, tejido de confidencias, de lágrimas escondidas, de complicidades que no necesitaban explicación.
Entonces no lo sabíamos, pero estábamos sembrando algo que el tiempo no podría arrancarnos.
Después llegaron las vidas, los amores, los hijos, los perros, los caminos que se bifurcan, los países que nos separan y los años que pasan.
Y, sin embargo, algo de aquellas niñas permanece intacto.
Nuestras vidas, como ríos hermanos, han buscado sus propios cauces: a veces cercanas, a veces perdidas en la distancia, pero llevando dentro la memoria de una misma fuente. Hay vínculos que no necesitan la presencia cotidiana para existir. Les basta una voz, una mirada que reconoce, un reencuentro en el que el tiempo parece detenerse un instante y nos devuelve, intactas, a quienes fuimos.
Siempre nos hemos encontrado. A veces en un abrazo, otras en una conversación, otras en ese silencio compartido en el que no hace falta contar toda la historia porque la otra ya conoce el comienzo.
Quizás eso sea la amistad, tener a alguien en el mundo que recuerda quién eras antes de que la vida te cambiara el nombre.
Alguien que ha conocido tus primeras versiones y sigue reconociéndote debajo de todas las que vinieron después.
No hubo distancia que nos borrara. Cada kilómetro nos enseñó, a su manera, que estar lejos no es lo mismo que ausentarse, que el tiempo puede transformar nuestras vidas sin deshacer aquello que nos une.
Y hoy, cuando miro hacia atrás, no veo solamente a dos amigas. Veo a las niñas que fuimos, a las mujeres que llegamos a ser, a todo lo que atravesamos sin saber que, de alguna manera, seguíamos caminando juntas.
Qué privilegio haber crecido con ustedes. Qué regalo seguir encontrándonos en este viaje extraño que es aprender a vivir.
Si alguna vez volvemos a ser niñas, quiero encontrarlas allí, en aquellos pasillos, con los zapatos demasiado grandes y la vida entera esperándonos. Y si el tiempo sigue llevándonos por caminos distintos, que nunca olvidemos esto:
hay personas que pasan por nuestra vida, y hay otras que se quedan en la trama invisible de quienes somos.
Ustedes son de esas. Mis compañeras de los primeros pasos, mis testigos a través de los años, mis hermanas de una infancia compartida.
Y si la vida nos concediera mil vidas más, mil geografías, mil maneras distintas de existir, quisiera que en alguna de ellas volviéramos a reconocernos.
Quizás en un pasillo, o apoyadas a esa pared sentadas en el piso, quizás en una risa, quizás en esa certeza inexplicable de haber encontrado a alguien a quien el alma ya conocía.
Y entonces, una vez más, sin saber todavía lo que nos espera, volveríamos a caminar juntas.
Porque hay amistades que no pertenecen al tiempo.
Lo atraviesan.
Victoria Inaudi
Con amor a mis amigas a Maggie y Euge.